martes, 9 de noviembre de 2010


MÓNICA SABBATIELLO
La primera la tuvo de noche. Estábamos de sobremesa cuando se puso a tiritar y a sacudir las manos sobre el mantel como si estuvieran mojadas. Chillaba: “¿No lo veis?, mirad, mirad”. Pero no veíamos nada, sólo las adormiladas presencias de siempre: la mera biblioteca, recuerdos sobre las repisas, los butacones gastados.
Desde mi lado, justo enfrente de ella, me sobresaltó su cara cubista partida a trozos por sus ojos que se volvían oblicuos, pronunciados hacia el rabillo.
“Tenéis que verlo”, persistía. “Es un cuervo, ¿no veis cómo abre y cierra las alas, es un cuervo transformista que se vuelve águila?, ¿pero no lo veis?”.
Nuestro padre la instó a mirarlo de frente. Eva giró la cabeza, aunque mantuvo el tronco en su sitio, a lo Nefertari. Su cara se contrajo y se desplomó sobre la mesa, una mejilla aplastada contra el mantel. Sollozó con hipos de niña pequeña. “Lo he espantado y era tan hermoso”, se quejaba.
Cuando se calmó, quise detalles. “¿Dónde estaba?, ¿de dónde vino?”, le pregunté. Pero madre -una mujer muy religiosa -, me frustró en el intento. “En esta casa no se invoca a los fantasmas. Ni una palabra más de todo esto”. Y para cerrarnos la boca, sirvió nuestro postre preferido. Nuestro padre, que no prueba los dulces, ensayó una explicación mientras encendía la pipa: “Lo que viste fueron los caireles movidos por la brisa y reflejados en los espejos”. Nadie replicó, aunque era una noche sin aire. A pesar de eso, me levanté a cerrar las ventanas.
Al día siguiente nos quedamos Eva y yo solas. Nos instalamos en el salón, ella con sus acuarelas y yo con un libro, creo que de Poe. De esa guisa estábamos cuando me sobresaltó la presión de su mano. “Mira, Eloísa, ahí en la hornacina: ¿no lo ves?”, dijo. Yo sólo veía la pequeña escultura de toda la vida; pero aún así me sobrecogió un escalofrío que trepaba por mi columna. Pura aprensión, sin duda.
Eva sollozó: “Se ha escabullido, como anoche. Me parece que éstos se van cuando los miro de frente”.
Muy excitada me lo describió. Era un gigante con una inflamada red de venas, rasgos cincelados, barba y pelo largos y plateados; mirada de acero enfocada a lo lejos, o que se ahondaba en sí misma, ella no lo sabía con certeza. Al vibrar emitía un resplandor argento. Estaba en la entrada de una gruta azotada por un temporal. Sus brazos abocados a una tremebunda lucha para impedir que el macizo cerrara la entrada de la gruta. Tenía la reciedumbre de un titán.
Mientras me lo contaba, yo me mostraba recelosa y ella radiante, como si Heracles en persona la hubiese trasladado entre sus brazos al Peloponeso. Y comenzó el boceto de un óleo que ha sido considerado como la mejor obra de su etapa juvenil: “Coloso vence a montaña”.
Cuando regresaron nuestros padres y les contamos lo sucedido, mamá mentó tenebrosas leyendas de la casona y dijo que Eva, por su gran sensibilidad, conectaba con los muertos, lo que incluía a nuestros bisabuelos. Y esa misma noche empezó a preparar los baúles. Nos volvíamos a Barcelona. Mi padre, demasiado consciente de su tozudez, no tuvo más remedio que ceder.
La misma tarde que llegamos a la ciudad, Eva y yo subimos a la terraza con unos refrescos. Y allí tuvo otra visión. Una especie de Olimpo con dioses en acción, todo en un estilo muy de cómic. Donde ella vislumbraba ese pavimento homérico, yo veía los macetones con hortensias, la ropa en las sogas movida por la brisa, las azoteas de siempre, y a lo lejos las torres de la Sagrada Familia emborronadas por la bruma que llegaba del mar.
Nuestro padre, bastante preocupado, organizó un periplo por consultas de psiquiatras y neurólogos; quienes, a pesar de su sapiencia no fueron capaces de hallar la causa de sus desvaríos. Poco después, Eva nos dijo que sus visiones habían desaparecido. Sin embargo, sólo nos las ocultó, aunque de eso me enteré la semana pasada, cuando fuimos a mi oftalmólogo, yo para ajustar la graduación de mis gafas y ella debido a su vista cansada.
El doctor Querol le diagnosticó un tipo infrecuente de presbicia que puede causar alucinaciones y le habló de una operación que ella descartó de plano. Al salir nos fuimos hacia el puerto y nos sentamos en una terraza frente al mar. Ella pidió una botella de cava, “para brindar por mi bendita presbicia”, dijo. Y así lo hicimos. Entrechocamos las copas varias veces. Por su cine en tres dimensiones, su universo holográfico y sus laberintos en el tiempo.
“No sufro, al contrario, estoy agradecida”, me aseguró alborozada y le creí. Y fuimos a su atelier para ver las obras que ocultaba: remolinos de guiones infinitos, como cintas sin fin, de pintura en pintura, sacudidos por un ingente ilusionismo mitológico, pesadillas circulares y sin salida de Ariadna; Parcas y nefastas profecías; Argos, que nunca podía estar del todo despierto ni del todo dormido y al que Hermes le cortaba la cabeza, como si fuera la mía, tras arrastrarlo con el sonido de su flauta a un mundo abstracto y sin orillas.
Fue una noche de tiempo comprimido. Contaminada de feroces arquetipos que ostentaban un carácter de molde, de matriz. Nos quedamos hasta que amaneció, tomando un Merlot chileno y con música de jazz, blues.
Una noche rara. No del todo mala. Que acabó cuando la luz del amanecer atravesó los ventanales y rompió el hechizo.
Nos tomamos un buen desayuno. Y volvimos al mar. Ahora para nadar en el agua fría de la mañana; para enraizarnos en esta vida humana y para festejarla. 9 comentarios

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